Quizás el verdadero cambio no es que la gobernanza se vuelva software, sino que la responsabilidad deja de tener rostro.

Un algoritmo no gobierna mejor ni peor: gobierna más rápido, cuando la decisión se ejecuta a escala antes de ser cuestionada, el problema ya no es la eficiencia del sistema, sino quién tiene el botón para detenerlo. La soberanía digital no empieza en el código. Empiezan en la capacidad de corregirlo.