En un mundo hiperconectado, la información se ha convertido en una mercancía tan valiosa como el oro. Sin embargo, su contraparte tóxica —la desinformación— actúa como un impuesto oculto que distorsiona los mercados, infla los precios y castiga desproporcionadamente a quienes tienen menos acceso a información veraz y oportuna.
Cómo un Rumor se Convierte en Alza de Precios
La economía siempre ha funcionado sobre la base de expectativas. Cuando circula información falsa sobre una posible escasez —ya sea de alimentos, medicinas o combustible—, se desencadena un fenómeno psicológico y económico en cadena. Los primeros en reaccionar, generalmente aquellos con mayor acceso a canales de información privilegiada, acaparan productos. Los comerciantes, anticipándose a una mayor demanda, suben precios. Para cuando la mayoría de la población se entera, ya enfrenta estantes vacíos y precios inflados.
Este mecanismo no es abstracto. Durante la pandemia, rumores infundados sobre desabastecimiento llevaron a compras de pánico de papel higiénico, alcohol y ciertos alimentos, haciendo que sus precios se dispararan temporalmente en un 300% en algunas comunidades. Quienes no podían permitirse comprar en grandes volúmenes de inmediato, o quienes dependían de compras semanales con presupuesto ajustado, terminaron pagando más o quedándose sin productos esenciales.
La Asimetría de Información como Motor de Desigualdad
Los economistas llevan décadas estudiando lo que llaman "asimetría de información": situaciones donde una parte en una transacción tiene más o mejor información que la otra. La desinformación agrava este desequilibrio hasta convertirlo en un arma que perjudica sistemáticamente a los menos informados.
Considere estos ejemplos:
1. Mercados informales y agricultura: Pequeños agricultores en zonas rurales, con acceso limitado a internet confiable, suelen vender sus cosechas a precios muy por debajo del mercado cuando creen rumores sobre una supuesta sobreproducción regional. Los intermediarios, mejor informados, aprovechan para comprar barato y revender caro.
2. Combustible y transporte: Rumores sobre aumentos impositivos en la gasolina provocan largas filas en estaciones de servicio y aumentos inmediatos en el precio del transporte público, afectando más a quienes dependen del transporte colectivo para trabajar.
3. Mercado inmobiliario: Información falsa sobre proyectos de infraestructura puede inflar artificialmente el precio de terrenos en ciertas áreas, desplazando a comunidades de menores ingresos que no tienen acceso a información urbanística verificada.
El Circuito de la Desinformación Económica
Las redes sociales han acelerado y amplificado este fenómeno. Un tuit falso, un audio de WhatsApp sin verificar o un video manipulado pueden viralizarse y alcanzar a millones en horas, mientras las verificaciones oficiales llegan tarde y a audiencias más reducidas.
Los algoritmos priorizan contenidos emocionales y polémicos, que suelen incluir afirmaciones económicas sensacionalistas sin base. Esta "economía de la atención" crea incentivos perversos para generar y difundir desinformación con impacto económico directo.
Soluciones: Más Allá de la Verificación
Combatir este problema requiere un enfoque multidimensional:
1. Educación financiera y mediática dirigida especialmente a comunidades vulnerables, enseñando a identificar fuentes confiables y a cuestionar información económica alarmista.
2. Canales oficiales de comunicación accesibles y diversos, que lleguen a poblaciones con menor conectividad digital a través de radio, mensajes de texto o redes comunitarias.
3. Transparencia proactiva de instituciones y empresas sobre cadenas de suministro, costos y políticas de precios.
4. Regulación que responsabilice a plataformas digitales por la difusión sistemática de desinformación con consecuencias económicas demostrables.
Conclusión: El Precio de no Saber
La desinformación económica funciona como un impuesto regresivo: mientras los más informados pueden navegar, anticipar o incluso beneficiarse de las distorsiones del mercado, los menos informados —generalmente aquellos con menores ingresos y educación— pagan el precio más alto en su presupuesto familiar.
En la era digital, el acceso a información veraz dejó de ser solo un derecho cultural para convertirse en un determinante económico directo. Reducir la brecha informativa no es solo una batalla por la verdad, sino una lucha por la equidad económica. La próxima vez que un rumor sobre precios comience a circular, recordemos que su costo real no se mide solo en unidades monetarias, sino en la profundización de las desigualdades que ya dividen nuestras sociedades.



