El bono a 10 años es presentado como el verdadero referente para medir los costos de financiamiento en la economía: hipotecas, préstamos de autos, créditos empresariales y en general cualquier tipo de financiamiento. A diferencia de los bonos de menor plazo (1 año, 6 meses) o mayor plazo (20 y 30 años), el de 10 años es considerado el estándar más representativo para entender la dinámica de tasas.
En septiembre de 2024, bajo la presidencia de Biden, la Reserva Federal recortó tipos en tres ocasiones: primero con una baja de 50 puntos básicos (0.5%), y luego con dos reducciones adicionales de 0.25% cada una, acumulando un recorte total de 1%. Sin embargo, en lugar de que los rendimientos de los bonos cayeran, éstos subieron. La lección central fue que, aunque la Fed bajara tasas, los intereses reales del mercado siguieron al alza.
Este comportamiento contradice la idea común de que la Reserva Federal controla directamente los intereses. Según el análisis, la Fed funciona como excusa narrativa: sus decisiones sirven de pretexto para que el mercado refleje lo que realmente tiene que reflejar. En realidad, los bancos —propietarios de la Fed, como JP Morgan Chase, Wells Fargo o Bank of America— son quienes deciden si prestan más barato o más caro, y ajustan los costos de dinero en función de la demanda de crédito.
En 2024, la baja oficial de tasas por parte de la Fed no se tradujo en menores costos para consumidores ni empresas. Por el contrario, los bancos aprovecharon el momento para sostener intereses altos, creando la percepción de que las reducciones oficiales favorecerían pronto al mercado, cuando en realidad el financiamiento se mantuvo caro. De esta forma, la Fed quedó exhibida como un ente sin capacidad real para bajar los intereses.
Durante ese periodo, consumidores compraron autos, casas y bienes de alto valor bajo la idea de que los precios seguirían subiendo. Esto llevó a que muchos se endeudaran con hipotecas y préstamos en condiciones históricamente caras. Mientras se vendía la historia de que los recortes de la Fed traerían dinero más barato, lo que ocurrió fue lo contrario: los intereses siguieron subiendo.
De modo que, las entidades financieras aprovecharon la emisión de deuda con cupones altos. Los clientes que compraron casas, autos o inventarios lo hicieron financiándose con bonos y créditos de alto costo, lo que asegura ganancias a los bancos que absorberán esa deuda a través de las nuevas dinámicas del mercado.
Esto nos deja con la perspectiva de que esta dinámica buscaba empujar a la población a comprar y endeudarse antes de una supuesta alza adicional de tasas, asegurando así un flujo masivo de nuevas deudas caras que alimentan los balances de las entidades financieras.
A su vez en gráficas semanales, mensuales y trimestrales, los indicadores muestran un nivel de volatilidad extremadamente bajo, lo que suele anticipar un movimiento explosivo en el mercado de bonos. En la escala trimestral, la volatilidad es la más baja desde 1990, con la implicación de dos posibles escenarios:
Fuerte alza de intereses: un repunte abrupto encarecería aún más el crédito, elevando riesgos de contracción económica.
Fuerte baja de intereses: abarataría la deuda y haría caer los precios de activos (casas, autos), atrapando a quienes se endeudaron en los últimos años a tasas de 7–8%.
Previendo un cambio profundo en el sistema financiero en el cuál la Reserva Federal no será quien determine el desenlace. Serán los bancos, en función de la dinámica de mercado, quienes decidan si abaratan el crédito o lo restringen aún más, posiblemente cerrando el acceso a crédito para una gran parte de la población.