Jóvenes paraguayos de 18 años robaron G. 9.000 millones (aprox. USDT 1,2 millones) y lo perdieron todo por una foto en Instagram

En marzo de 2026, un grupo de ciberdelincuentes logró vulnerar una cuenta bancaria de alto patrimonio y hacerse con un botín de 9.000 millones.

El primer desafío no fue el robo en sí, sino mover semejante suma sin activar las alarmas de SEPRELAD. Para lograrlo, los responsables armaron lo que se conoce como una “granja de mulas”: reclutaron a más de 400 personas dispuestas a prestar sus cuentas bancarias y billeteras de telefonía a cambio de una pequeña comisión, fragmentando así el rastro del dinero a lo largo de decenas de movimientos aparentemente inocentes.

El siguiente paso fue el lavado, y aquí entró en juego el mundo cripto. Los líderes de la organización ofrecían comprar USDT al doble de su valor de mercado: si el precio real era de G. 6.400, ellos pagaban G. 13.000. Lejos de ser una torpeza, era un cálculo deliberado: estaban dispuestos a absorber una pérdida del 50% con tal de blanquear el resto con rapidez y sin dejar rastro evidente.

Lo que nadie esperaba es que los cerebros de la operación no fueran hackers de perfil técnico, sino jóvenes de entre 18 y 20 años radicados en Itapúa. Y ahí fue donde cometieron el error que le da nombre al operativo: el síndrome de Ícaro. Convencidos de que el entorno digital los volvía intocables, volaron demasiado cerca del sol. Camionetas 4x4 de último modelo, departamentos en zonas exclusivas, una vida de magnates sin ningún ingreso declarado que la justificara. Las fotos en Instagram y el rastro de gastos desproporcionados funcionaron como migas de pan que la Policía Nacional siguió hasta llegar a ellos.

El Operativo Ícaro concluyó con 8 detenidos principales y activos incautados de magnitud considerable: además de los G. 9.000 millones de guaraníes, las autoridades confiscaron 478.851 USDT en criptoactivos. Aun así, la fiscal Irma Llano lanzó una advertencia de mayor alcance: las 400 personas que “prestaron” sus cuentas también están bajo investigación. En Paraguay, ceder una cuenta para recibir transferencias de origen ilícito no es una excusa ni una posición neutral: es participación en lavado de dinero.

Y el capítulo más oscuro del caso todavía no está cerrado. Más allá de los 478.851 USDT ya confiscados, se sospecha que existe una fortuna aún mayor en Bitcoin que permanece oculta y sin localizar en la blockchain. El botín invisible sigue escondido en la cadena de bloques, a la espera de que los investigadores den con él.

El caso deja una lección clara para cualquiera que reciba una oferta de “comisión fácil” por recibir transferencias, prestar una cuenta o comprar criptos muy por encima del precio de mercado: ese dinero tiene dueño, y la justicia tarde o temprano reconstruye el camino.