Construiría un nuevo modelo para el país. No lo inventaría desde cero, sino que haría lo que hace un buen ingeniero: tomaría las piezas más sólidas y probadas de otras naciones, las ajustaría a nuestra realidad y las ensamblaría en una máquina social poderosa y justa.

Imagina un "Estado Garante" que funcione como un padre o una madre responsable. Su primer deber sería asegurarle a cada ciudadano, desde que nace hasta que muere, cuatro pilares fundamentales, no como un favor, sino como un derecho incuestionable:

1. La Llave de un Hogar: Como en Viena, donde el alquiler social es digno y común. Nadie viviría con el miedo de quedarse en la calle.

2. La Canasta de la Base Sólida: Como la red canadiense o brasileña que combate el hambre, pero yendo más allá: salud pública robusta y nutrición garantizada para que la gente no solo sobreviva, sino que tenga salud para prosperar.

3. El Pasaporte al Futuro: Una educación como la de Finlandia o Singapur, que combine el pensamiento crítico con la formación técnica práctica (el modelo dual alemán), para que cada joven termine el colegio con herramientas reales para la vida y el trabajo.

4. La Conexión a la Era Digital: Como en Estonia, donde internet es un derecho público. Cada familia tendría acceso a la red y a una energía básica, para estudiar, trabajar y conectarse.

Pero un padre responsable no solo da; también enseña a pescar y cuida la casa común. Por eso, el corazón económico de este gobierno sería una "Economía Regenerativa", inspirada en el Pacto Verde Europeo.

· Se financiaría con justicia: Siguiendo el ejemplo nórdico, los que más tienen y los que más contaminan (con impuestos al patrimonio y al carbono) aportarían más para sostener estas garantías. Se bajarían los impuestos al trabajo y a la producción local.

· Crearía riqueza de lo que hoy es basura: Como se hace en Holanda o Dinamarca, organizaríamos "circuitos productivos" donde los desechos de una fábrica sean la materia prima de otra. Esto generaría empleos verdes (reciclaje, reparación, logística) y limpiaría el ambiente.

· Apostaría por nuestros talentos: Como hizo Uruguay con la tecnología, identificaríamos dos o tres sectores donde seamos buenos (ej.: energías limpias, agroindustria sostenible, software) y los convertiríamos en motores de exportación, financiados por una banca pública de desarrollo.

La clave no estaría en copiar, sino en tejer. La magia ocurriría en las conexiones:

· Las viviendas sociales se construirían con materiales reciclados de la economía circular.

· Los niños bien alimentados de esos hogares estudiarían en colegios técnicos vinculados a las nuevas industrias verdes.

· Toda la gestión pública sería transparente y digital, como en Estonia, para que cualquier ciudadano pudiera seguir en una app cómo se usa cada peso de sus impuestos, construyendo una confianza similar a la de los países nórdicos.

La implementación sería paso a paso, firme y clara. Primero, lo más urgente: la red de alimento y salud. Luego, la vivienda y la conectividad, mientras arrancan los primeros proyectos circulares que generen ahorros. Finalmente, con una base estable, se lanzaría la gran reforma educativa para formar a la primera generación plena de este nuevo pacto social.

En esencia, sería un gobierno pragmáticamente idealista. Con los pies en la tierra, mirando lo que sí ha funcionado en el mundo, pero con el alma puesta en un objetivo superior: transformar el derecho a soñar en una base tangible para vivir. No prometería milagros, sino un sistema bien diseñado, donde cada pieza, tomada de lo mejor de la humanidad, encajara para construir una patria donde la pobreza sea, finalmente, una reliquia del pasado.