Hubo un tiempo en que Pablo no soñaba con viajar ni con lujos.
Soñaba con comer.
Trabajaba en McDonald’s, jornadas largas, manos agrietadas, sonrisa forzada. Ganaba 10 dólares al día y aun así había noches en las que el estómago le dolía más que el cansancio. A veces se llevaba a casa una hamburguesa fría, no porque quisiera, sino porque era lo único que había.
Cuando cerraba los ojos, no pedía riquezas.
Pedía que el día siguiente fuera un poco menos duro.
Muchos lo miraban sin verlo. Nadie imaginaba que ese chico, con uniforme barato y mirada cansada, llevaba dentro una fuerza que ni él mismo conocía.
Un día escuchó hablar de Bitcoin (BTC) . No como un atajo, no como magia. Como una esperanza pequeña, casi ridícula. Pablo empezó con miedo. Con monedas sueltas. Con sacrificios silenciosos. Hubo días en los que dudó, en los que pensó que estaba perdiendo lo poco que tenía.
Pero no se rindió.
Pasaron los años. Y un día, Pablo se encontró de pie en Londres.
Lloró frente al Big Ben. Lloró como nunca antes. No por la ciudad, sino por el camino. Por el hambre, por el cansancio, por todas las veces que nadie apostó por él.
Cuando se sentó en su Rolls-Royce, no sonrió por el lujo.
Cerró los ojos y recordó al Pablo que limpiaba mesas, al Pablo que contaba monedas, al Pablo que aguantó cuando rendirse parecía lo más lógico.
Bitcoin no le cambió la vida por sí solo.
Pablo lo hizo. Con paciencia, con dolor, con fe cuando no había nada más.
Hoy, cada vez que pasa frente a un McDonald’s, baja la mirada un segundo…
y agradece no haberse soltado de sí mismo cuando el mundo ya lo había hecho.
Todo gracias a BTC 🤑💸💸
#btc $BTC