EPICENTRO.
A 250 kilómetros, la tierra habló sin traductor.
El vértigo no pidió regiones, solo derribó certezas.
La capital llora, los Andes retumban.
El polvo no pregunta credo, solo sabe de carne y memoria.
El éxodo, paradoja cruel, vació el país de manos,
pero no de eco. Los que están lejos también tiemblan.
Olvida a los especuladores que buscan dedos humanos
en la grieta. La naturaleza no conspira; nos recuerda que somos inquilinos.
Desde el espacio no hay banderas.
Ni patrias de cartón, ni fes que justifiquen el miedo.
Solo un orbe azul donde el dolor no entiende de fronteras.
Que este movimiento no sea un final, sino un despertar.
La épica no está en no caer,
sino en la velocidad con que nuestros brazos
se extienden para levantar al otro.
Actuar es la única frontera que vale la pena cruzar.
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